Como señala Eva Aladro, en este experimento de televisión una vida y una intimidad reales “se transmiten y comunican a través de un contexto televisivo manipulado por los programadores”.[1] La importancia del perspectivismo es absoluta en esta nueva televigilancia. El acento se pone aquí en la idea de que toda perspectiva oculta a la vez que presenta la realidad, solapando unos aspectos para mostrar otros. No es lo mismo lo que se ve en la intercomunicación personal que en la comunicación mediada por una cámara de televisión que emite un programa, aún cuando el objeto filmado sea el mismo. “El diamante de mil facetas del ser humano oculta en una perspectiva lo que revela en otra”.[2] La idea es que sólo la manipulación de perspectivas proporciona la realidad.
Uno de los factores más buscados hoy en día por los medios de comunicación masiva es la experiencia real. GH facilita vías innovadoras de acceso a la vida del otro y proporciona una auténtica sensación de compartir experiencias ajenas. Los protagonistas ofrecen parte de sus vidas para ser consumida por los demás. Pero la cercanía en este programa está totalmente manipulada y la familiaridad enteramente representada según afirma Gérard Imbert. “Los participantes son actores de sus propias vivencias, se instituyen en personajes de ficción, de una serie virtual cuyos protagonistas podrían ser ellos, como podrían serlo de una obra teatral o de una telenovela. Hay con-fusión completa entre la realidad y su representación”.[3]
Como Vicente Verdú ha señalado: “En la narración tradicional el guión generaba tipos psicológicos que pretendían evocar la realidad de la vida humana. En Gran Hermano, última fase por el momento de la evolución comunicativa televisual, la realidad es el punto de partida para generar situaciones y caracteres que recuerden a los tipos narrativos tradicionales, a las figuras y personajes de las mitologías mediáticas o literarias tradicionales”.[4]
La televisión en España ha evolucionado en las últimas décadas desde la teatralización para evocar la realidad hasta la filmación directa y captación de la realidad en su momento cumbre (reality show). Con la televigilancia, éstos momentos cumbre se generan a través de la imaginería televisiva, es decir, la espontaneidad se produce con la cámara. Esta espontaneidad es falsa, ya que el programa selecciona a participantes de una tipología predeterminada, susceptibles de comportarse de modos concretos (por su edad, carácter, situación profesional, etc.). También selecciona las escenas que emite (sólo se emite el 10% del material filmado) construyendo narraciones a partir del collage o la edición de las imágenes. Este programa de televigilancia propone tramas múltiples aunque determina unos resultados a pesar de contar con lo imprevisible del comportamiento humano.
La televisión del 2000 en España presenta una tendencia adictiva a lo especulativo, al juego entre la verdad y la falsedad, al cotilleo igualmente como sustituto del interés por los temas públicos. La vida de los protagonistas de GH es objeto de una duda constante sobre su verdadera naturaleza, sobre la verdad o falsedad de los sentimientos en juego, sobre la calificación de la experiencia. Esta especulación con unas relaciones dudosas es como un juego de guiñol, sirve de sustituto a las relaciones reales.
Dice Gustavo Bueno que “la televisión formal obscena nos pone en presencia de la realidad incluso cuando esta realidad se nos ofrezca como realidad fingida”.[5]
La realidad no es una sino múltiple, hay muchos tipos y géneros de realidad. La ficción es sólo un tipo de realidad que trata de demostrar que toda realidad es reductible a un tipo de ficción. La ficción sólo puede ser pensada en función de la realidad. A las ficciones les corresponde algún género de realidad. Una ficción jurídica puede ser tan eficaz en la vida social como una relación real y una ficción histórica puede tener más importancia política en la historia política que un hecho histórico. Lo mismo ocurre con las ficciones de televisión o las realidades que nos ofrece la televisión obscena. Ningún contenido del sueño (por ejemplo de los sueños de los guionistas de las teleseries) procede de la nada sino de la realidad, una realidad externa que determina nuestra propia capacidad de imaginación o nuestra fantasía.[6]Gran Hermano es una realidad que no es ni verdadera ni falsa, ni del todo simulada ni del todo ficticia, una realidad sui-generis, generada por el medio. La televisión ha pasado de la reproducción de la realidad a la simulación de la realidad, y de la mostración realista del mundo al cómo la televisión es capaz de crear mundos, y nos muestra ese proceso de invención de realidad.[7]
[1] Aladro, E: “De la telenovela a la televigilancia. Gran Hermano y la nueva era del perspectivismo relacional en la televisión”. CIC, Cuadernos de Información y Comunicación, 5, 2000. Universidad Complutense de Madrid, p.295.
[2] Íbidem, p.298.
[3] Imbert, G: “La transparencia posmoderna”. El País, Opinión, 16 de mayo de 2000.
[4] Verdú, V: “El zoo humano”. El País Semanal, 25 de junio de 2000.
[5] Bueno, G: Telebasura y democracia. Ediciones B, 2002, p.127.
[6] Íbidem, p.129.
[7] Imbert, G: “La reflexividad moderna: Una televisión que se anuncia a sí misma...” Publicaciones del Instituto de cultura y tecnología.
Uno de los factores más buscados hoy en día por los medios de comunicación masiva es la experiencia real. GH facilita vías innovadoras de acceso a la vida del otro y proporciona una auténtica sensación de compartir experiencias ajenas. Los protagonistas ofrecen parte de sus vidas para ser consumida por los demás. Pero la cercanía en este programa está totalmente manipulada y la familiaridad enteramente representada según afirma Gérard Imbert. “Los participantes son actores de sus propias vivencias, se instituyen en personajes de ficción, de una serie virtual cuyos protagonistas podrían ser ellos, como podrían serlo de una obra teatral o de una telenovela. Hay con-fusión completa entre la realidad y su representación”.[3]
Como Vicente Verdú ha señalado: “En la narración tradicional el guión generaba tipos psicológicos que pretendían evocar la realidad de la vida humana. En Gran Hermano, última fase por el momento de la evolución comunicativa televisual, la realidad es el punto de partida para generar situaciones y caracteres que recuerden a los tipos narrativos tradicionales, a las figuras y personajes de las mitologías mediáticas o literarias tradicionales”.[4]
La televisión en España ha evolucionado en las últimas décadas desde la teatralización para evocar la realidad hasta la filmación directa y captación de la realidad en su momento cumbre (reality show). Con la televigilancia, éstos momentos cumbre se generan a través de la imaginería televisiva, es decir, la espontaneidad se produce con la cámara. Esta espontaneidad es falsa, ya que el programa selecciona a participantes de una tipología predeterminada, susceptibles de comportarse de modos concretos (por su edad, carácter, situación profesional, etc.). También selecciona las escenas que emite (sólo se emite el 10% del material filmado) construyendo narraciones a partir del collage o la edición de las imágenes. Este programa de televigilancia propone tramas múltiples aunque determina unos resultados a pesar de contar con lo imprevisible del comportamiento humano.
La televisión del 2000 en España presenta una tendencia adictiva a lo especulativo, al juego entre la verdad y la falsedad, al cotilleo igualmente como sustituto del interés por los temas públicos. La vida de los protagonistas de GH es objeto de una duda constante sobre su verdadera naturaleza, sobre la verdad o falsedad de los sentimientos en juego, sobre la calificación de la experiencia. Esta especulación con unas relaciones dudosas es como un juego de guiñol, sirve de sustituto a las relaciones reales.
Dice Gustavo Bueno que “la televisión formal obscena nos pone en presencia de la realidad incluso cuando esta realidad se nos ofrezca como realidad fingida”.[5]
La realidad no es una sino múltiple, hay muchos tipos y géneros de realidad. La ficción es sólo un tipo de realidad que trata de demostrar que toda realidad es reductible a un tipo de ficción. La ficción sólo puede ser pensada en función de la realidad. A las ficciones les corresponde algún género de realidad. Una ficción jurídica puede ser tan eficaz en la vida social como una relación real y una ficción histórica puede tener más importancia política en la historia política que un hecho histórico. Lo mismo ocurre con las ficciones de televisión o las realidades que nos ofrece la televisión obscena. Ningún contenido del sueño (por ejemplo de los sueños de los guionistas de las teleseries) procede de la nada sino de la realidad, una realidad externa que determina nuestra propia capacidad de imaginación o nuestra fantasía.[6]Gran Hermano es una realidad que no es ni verdadera ni falsa, ni del todo simulada ni del todo ficticia, una realidad sui-generis, generada por el medio. La televisión ha pasado de la reproducción de la realidad a la simulación de la realidad, y de la mostración realista del mundo al cómo la televisión es capaz de crear mundos, y nos muestra ese proceso de invención de realidad.[7]
[1] Aladro, E: “De la telenovela a la televigilancia. Gran Hermano y la nueva era del perspectivismo relacional en la televisión”. CIC, Cuadernos de Información y Comunicación, 5, 2000. Universidad Complutense de Madrid, p.295.
[2] Íbidem, p.298.
[3] Imbert, G: “La transparencia posmoderna”. El País, Opinión, 16 de mayo de 2000.
[4] Verdú, V: “El zoo humano”. El País Semanal, 25 de junio de 2000.
[5] Bueno, G: Telebasura y democracia. Ediciones B, 2002, p.127.
[6] Íbidem, p.129.
[7] Imbert, G: “La reflexividad moderna: Una televisión que se anuncia a sí misma...” Publicaciones del Instituto de cultura y tecnología.
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