También hace breves comentarios de la gente que se va encontrando por el camino. Habla de los camioneros que le recogen en la carretera, de campesinos, rancheros, vagabundos, vaqueros, vendimiadores, motoristas, pescadores, chicas guapas, etc.
De un vaquero que ve en su primera pasada por Nebraska comenta:
“Después Omaha y, ¡Dios mío!, vi al primer vaquero. Caminaba junto a las gélidas paredes de los depósitos frigoríficos de carne con un sombrero de ala ancha y unas botas tejanas, semejante en todo a cualquier tipo miserable de un amanecer en las paredes de ladrillo del Este si se exceptuaba su modo de vestir”. (p.43)
En Texas se cruzan a un motorista y de él escribe:
“En las calles vacía de Huston, a las cuatro de la madrugada, de pronto nos adelantó un joven motorista lleno de lentejuelas y adornado con relucientes botones, visera, chaqueta de cuero negra, una chica agarrada a él como una india, el pelo al viento, un poeta tejano de la noche a toda velocidad cantando”. (p.205)
De las familias negras del los suburbios de Denver:
“Al otro lado de la calle las familias de negros se sentaban en las escaleras de delante de sus casas y charlaban y miraban la noche estrellada a través de los árboles o simplemente tomaban el fresco y a veces miraban el partido. Pasaban muchos coches por la calle, se detenían en la esquina cuando las luces se ponían rojas. Había excitación y el aire estaba lleno de la vibración de una vida auténticamente feliz que no sabía nada de las ocupaciones, de las tristezas de los blancos y de todo eso”. (p.233)
Como contraste, cuando regresa a Nueva York tras su primer viaje escribe:
“(…) la locura total y frenética de Nueva York con sus millones y millones de personas esforzándose por ganarles un dólar a los demás, el sueño enloquecido: cogiendo, arrebatando, dando, suspirando, muriendo sólo para ser enterrados en esos horribles cementerios de más allá de Long Island. Las elevadas torres del país, el otro extremo del país, el lugar donde nace la América de Papel”. (p.144)
Son interesantes las observaciones que hace sobre México y los mejicanos. Nada más cruzar la frontera estas son sus impresiones:
“(…) docenas de tipos mexicanos nos observaban desde debajo de las secretas alas de sus sombreros”. (p.343)
“(…) nos internamos por las calles españolas hacia aquella mezcla de luces mortecinas. Había viejos tomando el fresco sentados en sillas y parecían yonquis orientales”. (p.343)
“Una última mirada a América por encima de las potentes luces del puente sobre el Río Grande. Luego le volvimos la espalda y el parachoques y nos lanzamos hacia adelante.
Un instante después estábamos en el desierto y no había ni una luz ni un coche en los ochenta kilómetros de llanuras que siguieron. Y precisamente entonces amanecía sobre el golfo de México y empezamos a ver formas fantasmales de yucas y cactus por todas partes”. (p.344)
“¡Auténticas chozas miserables!, tío, de esas que sólo se encuentran en el Valle de la Muerte, e incluso mucho peores. Esta gente no se preocupa de las apariencias.
La primera localidad que venía señalada en el mapa se llamaba Sabinas Hidalgo. Mirábamos hacia adelante buscándola ansiosamente en la lejanía.
-Y esta carretera- continuó Dean- no se diferencia nada de cualquier carretera americana, excepto en una cosa. Fíjate que los mijones están en kilómetros y, señalan la distancia que falta hasta Ciudad de México. ¿Te das cuenta? Es la única ciudad de todo el país, todo señala hacia ella.
Sólo faltaban 767 millas para llegar a esa ciudad, pero en kilómetros la cifra estaba muy por encima de los mil”. (p.345)
Cuando pasan por Sabinas de Hidalgo dice:
“Atravesamos el desierto y llegamos a Sabinas Hidalgo hacia las siete de la mañana…La calle principal estaba llena de barro y de baches. A ambos lados había fachadas de adobe muy sucias y rotas. Pasaban burros muy cargados. Mujeres descalzas nos observaban desde sombríos umbrales. La calle estaba completamente atestada de gente que iniciaba un nuevo día en el campo mexicano. Viejos con grandes bigotes nos miraban atentamente”. (p. 345-346)
“(…) y fíjate en esas persianas que tienen en las ventanas y en los viejos, esos viejos tan serenos y sin ninguna preocupación. Aquí nadie desconfía, nadie recela. Todo el mundo está tranquilo, todos se miran directamente a los ojos y no dicen nada, sólo miran con sus ojos oscuros, y en esas miradas hay unas cualidades humanas suaves, tranquilas, pero que están siempre ahí. Fíjate en todas esas historias que hemos leído sobre México y el mexicano dormilón y toda esa mierda sobre que son grasientos y sucios y todo eso, cuando aquí la gente es honrada, es amable, no molesta”. (p. 346-347)
Después de pasar Hidalgo y camino de la ciudad de Gregoria escribe:
“La carretera era una larga línea recta. No era como conducir a través de Carolina, Texas, Arizona o Illinois; era como conducir a través del mundo por lugares donde por fin aprenderíamos a conocernos entre los indios del mundo, esa raza esencial básica de la humanidad primitiva y doliente que se extiende a lo largo del vientre ecuatorial del planeta desde Malaya (esa larga uña de China) hasta el gran subcontinente de la India, hasta Arabia, hasta Marruecos, hasta esos mismos desiertos y selvas de México y sobre los mares hasta Polinesia, hasta el místico Siam del Manto Amarillo y así, dando vueltas y vueltas, se oye el mismo lamento junto a las destrozadas murallas de Cádiz, España, que se oye 20.000 kilómetros más allá en las profundidades de Benarés, la capital del mundo. Estos individuos eran indudablemente indios y en nada se parecían a los Pedros y Panchos del estúpido saber popular americano (…) Tenían pómulos salientes y ojos oblicuos y gestos delicados y graves, eran el origen de la humanidad, sus padres. Las olas son chinas, pero la tierra es asunto indio”. (p.349)
De un vaquero que ve en su primera pasada por Nebraska comenta:
“Después Omaha y, ¡Dios mío!, vi al primer vaquero. Caminaba junto a las gélidas paredes de los depósitos frigoríficos de carne con un sombrero de ala ancha y unas botas tejanas, semejante en todo a cualquier tipo miserable de un amanecer en las paredes de ladrillo del Este si se exceptuaba su modo de vestir”. (p.43)
En Texas se cruzan a un motorista y de él escribe:
“En las calles vacía de Huston, a las cuatro de la madrugada, de pronto nos adelantó un joven motorista lleno de lentejuelas y adornado con relucientes botones, visera, chaqueta de cuero negra, una chica agarrada a él como una india, el pelo al viento, un poeta tejano de la noche a toda velocidad cantando”. (p.205)
De las familias negras del los suburbios de Denver:
“Al otro lado de la calle las familias de negros se sentaban en las escaleras de delante de sus casas y charlaban y miraban la noche estrellada a través de los árboles o simplemente tomaban el fresco y a veces miraban el partido. Pasaban muchos coches por la calle, se detenían en la esquina cuando las luces se ponían rojas. Había excitación y el aire estaba lleno de la vibración de una vida auténticamente feliz que no sabía nada de las ocupaciones, de las tristezas de los blancos y de todo eso”. (p.233)
Como contraste, cuando regresa a Nueva York tras su primer viaje escribe:
“(…) la locura total y frenética de Nueva York con sus millones y millones de personas esforzándose por ganarles un dólar a los demás, el sueño enloquecido: cogiendo, arrebatando, dando, suspirando, muriendo sólo para ser enterrados en esos horribles cementerios de más allá de Long Island. Las elevadas torres del país, el otro extremo del país, el lugar donde nace la América de Papel”. (p.144)
Son interesantes las observaciones que hace sobre México y los mejicanos. Nada más cruzar la frontera estas son sus impresiones:
“(…) docenas de tipos mexicanos nos observaban desde debajo de las secretas alas de sus sombreros”. (p.343)
“(…) nos internamos por las calles españolas hacia aquella mezcla de luces mortecinas. Había viejos tomando el fresco sentados en sillas y parecían yonquis orientales”. (p.343)
“Una última mirada a América por encima de las potentes luces del puente sobre el Río Grande. Luego le volvimos la espalda y el parachoques y nos lanzamos hacia adelante.
Un instante después estábamos en el desierto y no había ni una luz ni un coche en los ochenta kilómetros de llanuras que siguieron. Y precisamente entonces amanecía sobre el golfo de México y empezamos a ver formas fantasmales de yucas y cactus por todas partes”. (p.344)
“¡Auténticas chozas miserables!, tío, de esas que sólo se encuentran en el Valle de la Muerte, e incluso mucho peores. Esta gente no se preocupa de las apariencias.
La primera localidad que venía señalada en el mapa se llamaba Sabinas Hidalgo. Mirábamos hacia adelante buscándola ansiosamente en la lejanía.
-Y esta carretera- continuó Dean- no se diferencia nada de cualquier carretera americana, excepto en una cosa. Fíjate que los mijones están en kilómetros y, señalan la distancia que falta hasta Ciudad de México. ¿Te das cuenta? Es la única ciudad de todo el país, todo señala hacia ella.
Sólo faltaban 767 millas para llegar a esa ciudad, pero en kilómetros la cifra estaba muy por encima de los mil”. (p.345)
Cuando pasan por Sabinas de Hidalgo dice:
“Atravesamos el desierto y llegamos a Sabinas Hidalgo hacia las siete de la mañana…La calle principal estaba llena de barro y de baches. A ambos lados había fachadas de adobe muy sucias y rotas. Pasaban burros muy cargados. Mujeres descalzas nos observaban desde sombríos umbrales. La calle estaba completamente atestada de gente que iniciaba un nuevo día en el campo mexicano. Viejos con grandes bigotes nos miraban atentamente”. (p. 345-346)
“(…) y fíjate en esas persianas que tienen en las ventanas y en los viejos, esos viejos tan serenos y sin ninguna preocupación. Aquí nadie desconfía, nadie recela. Todo el mundo está tranquilo, todos se miran directamente a los ojos y no dicen nada, sólo miran con sus ojos oscuros, y en esas miradas hay unas cualidades humanas suaves, tranquilas, pero que están siempre ahí. Fíjate en todas esas historias que hemos leído sobre México y el mexicano dormilón y toda esa mierda sobre que son grasientos y sucios y todo eso, cuando aquí la gente es honrada, es amable, no molesta”. (p. 346-347)
Después de pasar Hidalgo y camino de la ciudad de Gregoria escribe:
“La carretera era una larga línea recta. No era como conducir a través de Carolina, Texas, Arizona o Illinois; era como conducir a través del mundo por lugares donde por fin aprenderíamos a conocernos entre los indios del mundo, esa raza esencial básica de la humanidad primitiva y doliente que se extiende a lo largo del vientre ecuatorial del planeta desde Malaya (esa larga uña de China) hasta el gran subcontinente de la India, hasta Arabia, hasta Marruecos, hasta esos mismos desiertos y selvas de México y sobre los mares hasta Polinesia, hasta el místico Siam del Manto Amarillo y así, dando vueltas y vueltas, se oye el mismo lamento junto a las destrozadas murallas de Cádiz, España, que se oye 20.000 kilómetros más allá en las profundidades de Benarés, la capital del mundo. Estos individuos eran indudablemente indios y en nada se parecían a los Pedros y Panchos del estúpido saber popular americano (…) Tenían pómulos salientes y ojos oblicuos y gestos delicados y graves, eran el origen de la humanidad, sus padres. Las olas son chinas, pero la tierra es asunto indio”. (p.349)
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