En la primavera de 1949 Sal hace su tercer viaje a San Francisco, que describe muy brevemente con estas palabras:
“Fuimos a través del Paso Berthoud hacia la gran meseta: Tabernash, Troublesome, Kremmling; bajamos por el Paso de Rabbit Eras hasta Steamboat Springs; dimos un rodeo de ochenta polvorientos kilómetros; después Craig y el Gran Desierto Americano (…) Me interesaban más unas viejas carretas ya podridas y unas cuantas mesas de billar en el desierto de Nevada junto a un despacho de Coca-Cola cerca del cual había unas cabañas con letreros despintados que todavía se movían con el mágico viento del desierto y decían: “Rattlesake Bill vivió aquí”, o “Brokenmouth Annie estuvo aquí muchos años”. ¡Sí, sí, adelante! En Lake City los macarras arreglaron las cuentas con sus mujeres y seguimos. Y antes de que me diera cuenta, estaba viendo de nuevo la fabulosa ciudad de San Francisco extendida por la bahía en medio de la noche”. (p.234)
Desde San Francisco Sal y Dean vuelven juntos a Denver en coche con unos turistas.
“Salimos de Sacramento al amanecer y cruzamos el desierto de Nevada a mediodía, después de un rapidísimo paso por las sierras”. (p.266)
“Reno, Battle Mountain, Elko, todas las localidades de la carretera de Nevada, disparadas por las ventanillas una tras otra, y, al amanecer estábamos en los llanos de Salt Lake con las luces de Salt Lake City brillando infinitesimalmente casi a ciento cincuenta Kilómetros de distancia entre el espejismo de los llanos, apareciendo dos veces, por encima y por debajo de la curvatura de la tierra, una clara y otra opaca”. (p.267)
“Dean cogió el volante en Craig, una zona del desierto del este de Colorado. Habíamos pasado casi toda la noche avanzando cautelosamente por el Paso de Strawberry, en Utah, y habíamos perdido muchísimo tiempo. (…) Dean se lanzó decididamente hacia la imponente pared del paso de Berthoud que se alzaba unos cien kilómetros delante de nosotros en el techo del mundo, un tremendo estrecho de Gibraltar envuelto en nubes. Bajó el paso de Berthoud volando (…) hasta que contemplamos la gran llanura caliente de Denver una vez más y Dean estaba en casa”. (p.268)
Son curiosos los comentarios que hace sobre lo diferente que se ve el cielo por la noche en el este y en el oeste del país:
“De noche, en esta parte del Oeste, las estrellas, lo mismo que había comprobado en Wyoming, son tan grandes como luces de fuegos artificiales y tan solitarias como el Príncipe del Drama que ha perdido el bosque de sus antepasados y viaja a través del espejo entre los puntos de luz del rabo de la Osa Mayor tratando de volver a encontrarlo. Y de ese modo brillan en la noche; y luego, mucho antes de que saliera realmente el sol, se extendió una vasta luminosidad roja sobre la parda y desabrida tierra que lleva al oeste de Kansas y los pájaros iniciaron su trinar sobre Denver”. (p.280)
“La clase de oscuridad absoluta que cae sobre una pradera como ésta resulta inconcebible para alguien del Este. No había luna, ni estrellas, ni luz”. (p.286)
En julio de 1949 salen de Denver hacia Chicago (Illinois). Primero cruzan el estado de Nebraska.
“No sentí miedo en toda la noche; era perfectamente legítimo ir a ciento setenta y cinco y hablar y ver aparecer y desaparecer como en sueños todas las localidades de Nebraska: Ogallala, Gothenburg, Kearney, Grand Island, Colmbus…” (p.289)
Pasan por Des Moines y Newton (Iowa) y luego por Davenport y Rock Island (Illinois).
“Por la tarde cruzamos una vez más por el agobiante Davenport y el Mississippi con muy poco agua en su lecho de aserrín; después Rock Island, con unos minutos de mucho tráfico, un sol que enrojecía y repentinos panoramas de agradables afluentes que fluían entre los árboles mágicos y los resplandores verdes de Illinois. Todo comenzaba a parecerse de nuevo al suave y dulce Este; el enorme y seco Oeste estaba liquidado. El estado de Illinois se desplegó ante mis ojos en un vasto movimiento que duró unas cuantas horas (…)” (p.296)
En Chicago cogen un autobús que recorre el estado de Michigan hasta Detroit. En autostop bajan por Toledo y recorren luego el estado de Ohio y el de Pennsylvania. Llegan a la ciudad de Nueva York en agosto.
“Durante la brumosa noche pasamos por Toledo y nos adentramos en el viejo Ohio. Comprendí que estaba empezando a andar de un lado a otro de América como si fuera un miserable viajante: viajes duros, malos productos, trucos gastados y ninguna venta. El hombre se cansó de conducir en las cercanías de Pennsylvania y Dean cogió el volante y llevó el coche el resto del viaje hasta Nueva York. Empezamos a oír en la radio el programa de Symphony Sid con las últimas novedades bop, y ya estábamos llegando a la más grande y definitiva ciudad de América. Llegamos por la mañana temprano. Times Square estaba muy agitado: Nueva York nunca descansa”. (p.307-308)
“Fuimos a través del Paso Berthoud hacia la gran meseta: Tabernash, Troublesome, Kremmling; bajamos por el Paso de Rabbit Eras hasta Steamboat Springs; dimos un rodeo de ochenta polvorientos kilómetros; después Craig y el Gran Desierto Americano (…) Me interesaban más unas viejas carretas ya podridas y unas cuantas mesas de billar en el desierto de Nevada junto a un despacho de Coca-Cola cerca del cual había unas cabañas con letreros despintados que todavía se movían con el mágico viento del desierto y decían: “Rattlesake Bill vivió aquí”, o “Brokenmouth Annie estuvo aquí muchos años”. ¡Sí, sí, adelante! En Lake City los macarras arreglaron las cuentas con sus mujeres y seguimos. Y antes de que me diera cuenta, estaba viendo de nuevo la fabulosa ciudad de San Francisco extendida por la bahía en medio de la noche”. (p.234)
Desde San Francisco Sal y Dean vuelven juntos a Denver en coche con unos turistas.
“Salimos de Sacramento al amanecer y cruzamos el desierto de Nevada a mediodía, después de un rapidísimo paso por las sierras”. (p.266)
“Reno, Battle Mountain, Elko, todas las localidades de la carretera de Nevada, disparadas por las ventanillas una tras otra, y, al amanecer estábamos en los llanos de Salt Lake con las luces de Salt Lake City brillando infinitesimalmente casi a ciento cincuenta Kilómetros de distancia entre el espejismo de los llanos, apareciendo dos veces, por encima y por debajo de la curvatura de la tierra, una clara y otra opaca”. (p.267)
“Dean cogió el volante en Craig, una zona del desierto del este de Colorado. Habíamos pasado casi toda la noche avanzando cautelosamente por el Paso de Strawberry, en Utah, y habíamos perdido muchísimo tiempo. (…) Dean se lanzó decididamente hacia la imponente pared del paso de Berthoud que se alzaba unos cien kilómetros delante de nosotros en el techo del mundo, un tremendo estrecho de Gibraltar envuelto en nubes. Bajó el paso de Berthoud volando (…) hasta que contemplamos la gran llanura caliente de Denver una vez más y Dean estaba en casa”. (p.268)
Son curiosos los comentarios que hace sobre lo diferente que se ve el cielo por la noche en el este y en el oeste del país:
“De noche, en esta parte del Oeste, las estrellas, lo mismo que había comprobado en Wyoming, son tan grandes como luces de fuegos artificiales y tan solitarias como el Príncipe del Drama que ha perdido el bosque de sus antepasados y viaja a través del espejo entre los puntos de luz del rabo de la Osa Mayor tratando de volver a encontrarlo. Y de ese modo brillan en la noche; y luego, mucho antes de que saliera realmente el sol, se extendió una vasta luminosidad roja sobre la parda y desabrida tierra que lleva al oeste de Kansas y los pájaros iniciaron su trinar sobre Denver”. (p.280)
“La clase de oscuridad absoluta que cae sobre una pradera como ésta resulta inconcebible para alguien del Este. No había luna, ni estrellas, ni luz”. (p.286)
En julio de 1949 salen de Denver hacia Chicago (Illinois). Primero cruzan el estado de Nebraska.
“No sentí miedo en toda la noche; era perfectamente legítimo ir a ciento setenta y cinco y hablar y ver aparecer y desaparecer como en sueños todas las localidades de Nebraska: Ogallala, Gothenburg, Kearney, Grand Island, Colmbus…” (p.289)
Pasan por Des Moines y Newton (Iowa) y luego por Davenport y Rock Island (Illinois).
“Por la tarde cruzamos una vez más por el agobiante Davenport y el Mississippi con muy poco agua en su lecho de aserrín; después Rock Island, con unos minutos de mucho tráfico, un sol que enrojecía y repentinos panoramas de agradables afluentes que fluían entre los árboles mágicos y los resplandores verdes de Illinois. Todo comenzaba a parecerse de nuevo al suave y dulce Este; el enorme y seco Oeste estaba liquidado. El estado de Illinois se desplegó ante mis ojos en un vasto movimiento que duró unas cuantas horas (…)” (p.296)
En Chicago cogen un autobús que recorre el estado de Michigan hasta Detroit. En autostop bajan por Toledo y recorren luego el estado de Ohio y el de Pennsylvania. Llegan a la ciudad de Nueva York en agosto.
“Durante la brumosa noche pasamos por Toledo y nos adentramos en el viejo Ohio. Comprendí que estaba empezando a andar de un lado a otro de América como si fuera un miserable viajante: viajes duros, malos productos, trucos gastados y ninguna venta. El hombre se cansó de conducir en las cercanías de Pennsylvania y Dean cogió el volante y llevó el coche el resto del viaje hasta Nueva York. Empezamos a oír en la radio el programa de Symphony Sid con las últimas novedades bop, y ya estábamos llegando a la más grande y definitiva ciudad de América. Llegamos por la mañana temprano. Times Square estaba muy agitado: Nueva York nunca descansa”. (p.307-308)
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